Hablo desde dentro: pasión digital y responsabilidad
Las Redes sociales y la salud mental de los jóvenes se esta convirtiendo en un tema candente actualmente. Yo vivo de las estas plataformas. Trabajo con ellas cada día. Son parte central de mi profesión, de mi forma de comunicar y de entender el mundo. Me apasiona el marketing digital, la creatividad, la capacidad de llegar lejos con una idea bien contada. Precisamente por eso —porque las conozco desde dentro y no desde el miedo— creo que hoy es imprescindible hablar con claridad sobre su impacto en la salud mental de nuestros jóvenes y en el desarrollo natural de su cerebro.
No escribo este artículo desde el rechazo ni desde la nostalgia analógica. Lo escribo desde la responsabilidad profesional y personal de alguien que sabe que una herramienta tan poderosa puede ser profundamente transformadora… o profundamente dañina, según cómo se utilice.
Un debate que ya no es ideológico, sino sanitario
En los últimos años, el debate sobre redes sociales y salud mental ha dejado de ser una opinión para convertirse en una cuestión de salud pública. Cada vez más países están reaccionando ante una evidencia difícil de ignorar: aumento de la ansiedad y la depresión en adolescentes, problemas graves de autoestima, trastornos de la conducta alimentaria, dificultades de concentración, aislamiento social y adicción al refuerzo inmediato.
Las consultas psicológicas y psiquiátricas —esto no es una percepción, es una realidad clínica— están llenándose de jóvenes y adultos jóvenes atravesados por dinámicas que encuentran en las redes sociales un amplificador perfecto: comparación constante, exposición permanente, validación externa como medida de valor personal.
Países como Francia han limitado el uso del móvil en los centros educativos. Australia ha abierto el debate sobre retrasar el acceso a redes sociales en menores. En varios países europeos se están estudiando regulaciones sobre diseño algorítmico, protección de menores y responsabilidad de las plataformas. No es censura: es reacción ante un problema real.
Prohibir no educa (y a veces empeora el problema)
Ahora bien, poner puertas al campo y prohibir sin más no es la solución. De hecho, puede ser parte del problema. Negar el mundo digital a los jóvenes no los protege: los deja solos dentro de él.
Las redes sociales no son el enemigo. Son una herramienta. El error ha sido permitir que generaciones enteras entren en ese ecosistema sin formación, sin acompañamiento y sin pensamiento crítico. Pretender que los adolescentes crezcan al margen de lo digital es tan irreal como pedirles que vivan al margen de la sociedad.
Desde la neurociencia sabemos que el cerebro adolescente está en pleno desarrollo. La impulsividad, la búsqueda de validación, la necesidad de pertenencia o la dificultad para regular emociones no son fallos: son etapas evolutivas normales. El riesgo aparece cuando ese proceso se ve condicionado por plataformas diseñadas para capturar atención, fomentar la comparación constante y premiar la reacción inmediata.
Regulación sí, pero con criterio
Defender la regulación no es estar en contra de la tecnología. Es entender que toda herramienta con impacto masivo necesita límites éticos. Igual que regulamos la publicidad dirigida a menores o el consumo de determinadas sustancias, resulta lógico cuestionar el diseño de plataformas cuyo modelo de negocio se basa en mantenernos conectados el mayor tiempo posible.
Hablar de regulación es hablar de edades de acceso, de protección de datos, de transparencia algorítmica, de responsabilidad empresarial. No se trata de apagar las redes, sino de establecer reglas que prioricen el bienestar frente al engagement infinito.
La gran olvidada: la educación digital de los adultos
Pero ninguna ley será suficiente si no educamos. Y aquí hay que ser claros: el mayor déficit no está solo en los jóvenes, sino en los adultos.
Madres, padres y educadores muchas veces vamos varios pasos por detrás. No podemos delegar toda la responsabilidad de la salud mental de los jóvenes en los centros educativos ni en las plataformas. La educación digital empieza en casa: en el ejemplo, en la conversación, en enseñar a cuestionar lo que se ve, a entender que una imagen no es una vida real, que un cuerpo no es un estándar y que un like no es una medida de valía personal.
Educar digitalmente no es controlar, es acompañar. Es explicar cómo funcionan los algoritmos, por qué vemos lo que vemos y cómo evitar quedar atrapados en un embudo que solo refuerza nuestras propias creencias.
Redes sociales: un invento maravilloso (si se usan bien)
Sería injusto —y poco honesto— negar el potencial positivo de las redes sociales. Nunca antes habíamos tenido acceso a tanta información, tantos puntos de vista, tanta divulgación científica, cultural y social. Las redes pueden abrir la mente, conectar personas, democratizar el conocimiento y generar comunidades valiosas.
El verdadero peligro no es la diversidad de opiniones, sino la falta de criterio para gestionarlas. No es la exposición, sino la ausencia de pensamiento crítico. No es la tecnología, sino el uso inconsciente y polarizado de la misma.
Por eso, más que aislar, hay que enseñar a explorar. A seguir a personas diferentes. A escuchar ideas incómodas. A entender cómo funciona la ciencia, el debate, el pensamiento humanista. A usar las redes no solo para consumir, sino para crear, reflexionar y aportar valor.
Una reflexión final desde el marketing digital
Como profesional del marketing digital, conozco bien los mecanismos de la atención, del deseo y de la validación. Y precisamente por eso defiendo un uso más consciente, más humano y menos adictivo de las redes sociales.
No se trata de demonizarlas ni de idealizarlas. Se trata de asumir que, sin regulación y sin educación, pueden causar un daño profundo, no solo en jóvenes, sino en toda la sociedad. Pero también de reconocer que, bien utilizadas, pueden ser una herramienta extraordinaria para aprender, conectar y crecer.
El reto no es prohibir. El reto es educar, regular con inteligencia y recuperar el control. Y ese debate, aunque incómodo, ya no puede seguir esperando.
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